Diciembre 2026 – Bendiciones para Campaneros

Diciembre 2026 – Bendiciones para Campaneros

Bendiciones para Campaneros

Introducción

Dar con alegría es un regalo de Dios que experimentan tanto quien da como quien recibe.

Con antelación

Reúna o compre artículos que puedan utilizarse para preparar bolsas de regalo para los campaneros. Artículos sugeridos: taza térmica, bálsamo labial, guantes o manoplas, gorro, bufanda, calentadores de manos, galletas o brownies caseros, pastillas para la tos, pañuelos de papel, un par de calcetines abrigados y sobres de chocolate caliente.

Ideas para proyectos de servicio

• En grupo, preparen las bolsas de regalo.

• Elaboren y firmen tarjetas de agradecimiento para cada persona.

• Organicen un desayuno de agradecimiento en el Cuerpo para los campaneros.

• Preparen y entreguen una comida para que la disfruten durante su descanso.

• Divídanse en grupos pequeños y lleven vasos desechables y un termo de chocolate caliente a los distintos puestos de las ollas, como gesto de amor, bondad y aliento.

El don de dar

Escritura: “Cada uno debe decidir en su corazón cuánto dar; y no den de mala gana ni bajo presión, «porque Dios ama a la persona que da con alegría”. (2 Corin. 9:7 NTV)

¿Recuerdas la historia narrada en el libro de los Hechos, donde la gente vendía sus propiedades y llevaba el dinero a los apóstoles para que lo distribuyeran entre otros creyentes que tenían necesidades? La historia relata que Bernabé vendió su campo y entregó el dinero con generosidad. Luego, Ananías y Safira vendieron un terreno, pero acordaron quedarse con una parte del dinero mientras fingían entregarlo todo. Aquí, en esta historia, vemos el contraste entre ser tacaño y ser generoso.

Quizás recuerdes de tu infancia haber reunido una bolsa de dulces y haberte enfrentado a la elección entre el egoísmo y el acto de compartir. Por muy razonable que pareciera comerte toda la bolsa tú solo, se te enseñó que compartir era una excelente manera de demostrar tener un buen carácter.

Cuando yo era niño, recuerdo que un año salí a pedir dulces en Halloween justo cuando mi hermana tenía gripe. Ella no pudo ir, pero yo pasé horas yendo de puerta en puerta hasta el último minuto permitido para recolectar dulces, hasta que las luces de los porches se apagaron. Llegué a casa con mi bolsa rebosante de kilos y kilos de deliciosos dulces. Mi madre hizo lo que hacían los padres en aquellos tiempos: revisó mi bolsa y le realizó la «inspección oficial de dulces». La inspección incluía retirar las barras de chocolate Reese’s, pues ella estaba segura de que a mí no me gustarían; sin embargo, mi padre se «sacrificaría» para asegurarse de que no se desperdiciaran. Luego procedió a dividir los dulces en dos montones y me animó a compartir uno de ellos con mi hermana. Pensé para mis adentros: «Me esforcé mucho recolectando estos dulces. ¿Por qué merecería mi hermana recibir parte de mis dulces? Además, está enferma, y los dulces no le harían bien a su estado de salud». Estaba convencido de que lo mejor sería ayudar a mi hermana no contribuyendo a ningún factor que pudiera empeorar su enfermedad.

Mientras yacía en mi cama con mi botín de dulces a un lado, comencé a pensar que era realmente una lástima que mi hermana no hubiera podido salir a pedir dulces también. Cuanto más pensaba en ello, más me convencía de que, probablemente, todos esos dulces tampoco me harían bien a mí. Podrían causarme caries o, peor aún, granos. A la mañana siguiente, al despertar, tomé mi bolsa y me dirigí a la habitación de mi hermana. Ella parecía sentirse mucho mejor, y yo también. Había decidido que no solo iba a compartir la mitad de mis dulces con mi hermana, sino que optaría por dárselos todos para que ella pudiera sentirse mejor después de haber pasado un día de sufrimiento a causa de la gripe.

Cada día nos enfrentamos a oportunidades para reflexionar sobre si seremos egoístas o generosos. ¿Daremos o nos retendremos? En 2 Corintios 9:7 leemos un versículo sencillo que se cita a menudo en la vida: «Dios ama al dador alegre». El acto de dar estimula las endorfinas en nuestro cerebro, lo cual nos brinda gozo y alegría. Nos hace sentir bien con nosotros mismos y con los demás.

Quizás sea por eso que Pablo, en su carta a los Corintios, fomentó este concepto de dar generosamente. Él plantea la idea mediante la ilustración de un agricultor que considera qué va a cultivar y cómo sembrará la semilla para obtener una cosecha. Esto puede llevarnos a pensar en el agricultor y en lo que podría estar pensando acerca del proceso de la cosecha: «¿Siembro solo un puñado de semillas para cultivar únicamente lo suficiente para mi propio sustento? ¿O esparzo muchas semillas para producir una cosecha abundante que pueda compartir con los demás? ¿Siembro generosamente para poder compartir generosamente?». Tal vez nosotros no nos dediquemos a la agricultura, pero nos enfrentamos a la misma disyuntiva con nuestro tiempo, nuestras posesiones, nuestras habilidades, nuestro dinero y otras cosas que cosechamos en nuestras vidas. Nos planteamos: «¿Seré egoísta? ¿Me lo quedaré todo para mí? ¿O reconoceré que los demás tienen necesidades y que yo tengo los medios para contribuir a satisfacerlas?».

Al igual que con mi disposición a entregar mis dulces a mi hermana, cada día me encuentro ante oportunidades para decidir si estoy dispuesto a dar a aquellos que no poseen lo que yo tengo. ¿Estoy dispuesto a compartir mi comida con los demás? ¿Estoy dispuesto a compartir mi tiempo con una persona solitaria? ¿Y estoy dispuesto a dar lo que se necesita en una medida abundante?

Tengo una elección que hacer, al igual que Bernabé, Ananías y Safira. Debo elegir: «¿Entrego lo que tengo en beneficio de los demás, o me reservo una parte y miento acerca de mi capacidad para dar?». Es posible que Dios nunca te pida que vendas un campo, una casa o un automóvil; pero también es posible que lo haga. Tal vez nunca te veas ante la elección de guardar tu bolsa de dulces junto a tu cama o compartirla con alguien que no pudo recolectar dulces por sí mismo; pero podría suceder. ¿Estás dispuesto a dar a los demás aquello que puedan necesitar?

Una de las ilustraciones más visuales del acto de dar tiene lugar cada diciembre en el Ejército de Salvación. Somos testigos de la generosidad de aquellos que comparten juguetes, alimentos y recursos económicos para hacer que la temporada festiva sea grata para los destinatarios de esos bienes. Pero también observamos la alegría que sienten otros al dedicar su tiempo y dinero, experimentando así gozo en sus propias vidas. Esa alegría es un don de Dios, tal como se afirma en la epístola a los Corintios. Nos ayuda a experimentar el amor de Dios. Reconocemos Su amor a través del regocijo que sentimos al dar a los demás; y, cuando damos a los demás, es como si se lo diéramos a Dios mismo.